Pizarnik, Alejandra

Tratándose de Alejandra Pizarnik, el diálogo entre creación y destrucción, coherencia y diversidad contradictoria, se resuelve en una biografía en verdad llena de serios equívocos comenzando por que, en realidad, esta gran represetante del surrealismo poético, por origen y nacimiento, no se llamaba así, si no Flora Pozharnik, que sus padres rusos-judíos emigrados a Argentina, sin hablar una palabra de español, acomodaron en forma y pronunciación su nombre y apellido a la nueva y conveniente situación pués, el destierro, por doloroso que parezca, es en este caso providencial, dado que el resto de los Pozharnik y Bromiker (materno), con excepción del hermano del padre en París, y la hermana de la madre en Avellaneda, pereció en el Holocausto, lo que para la niña que hoy conocemos como Alejandra Pizarnik debió significar un contacto temprano con los efectos de la muerte como a lo largo de su vida, obra poética y fínal se puede constatar.
Ya desde la adolescencia su tartamudez y fragilidad física y psíquica hacen que su padre, Don Elías, la permita y costee sus constantes titubéos académicos así como la edición de sus primeros libros y pagando los honorarios de su psicoanalista, mientras ella, tan frágil como genial, acude a las anfetaminas, a los calmantes y, por insomne, a los somníferos, sosteniendo una invencible aversión a la política, que justificaba con el hecho de que su familia en Europa hubiera sido sucesivamente aniquilada por el fascismo y el estalinismo y que solo la literatura, para ella, exigía un único compromiso de calidad. Así, pues, la vida literaria es una empresa que ella acomete con máximo interés.
Obsesionada por el lenguaje, Alejandra Pizarnik logra una poesía sin estridencias en textos breves en su mayoría. Aunque lee y escribe en el surco del surrealismo, se apropia de él y lo reinventa en un discurso poético en el que el mundo aparece manoseado y desgajado en constantes alusiones autobiográficas y en un clima hermético y claustrofóbico. Escudriña en las palabras y elabora los términos como un orfebre, aunque al final de su vida la coherencia de su obra se convierte en una anarquía sintáctica. La infancia, el lenguaje, el silencio, o la naturaleza sombría, se convierten en los temas destacados de Pizarnik. A través de referentes externos, y en un constante juego de oposiciones, la poeta se apodera de ellos: «Aun si digo sol y luna y estrella me refiero a cosas que me suceden». Pero es la muerte, como pesadilla constante, la que aparece como un acto subversivo ―trasciende a su suicidio real― que invade una poesía inserta en un clima alucinado y sombrío que desarrolla especialmente en Extracción de la piedra de la locura.
En esa lucha contra la entropía, Alejandra Pizarnik ensaya diversas estrategias. Una de ellas es el destierro, puesto en práctica en París desde 1960 hasta a 1964. Pero ni siquiera ese nuevo extrañamiento relaja su íntima tensión «En el fondo —escribe el 25 de julio de 1965— yo odio la poesía. Es, para mí, una condena a la abstracción. Y además me recuerda esa condena. Y además me recuerda que no puedo «hincar el diente» en lo concreto. Si pudiera hacer orden en mis papeles algo se salvaría. Y en mis lecturas y en mis miserables escritos», y cuando el 30 de abril de 1966 retoma las páginas de su diario, se observa recién llegada a los treinta años, sin saber aún nada de la existencia escribe: «Lo infantil tiende a morir ahora pero no por ello entro en la adultez definitiva. El miedo es demasiado fuerte sin duda. Renunciar a encontrar una madre(¿?). La idea ya no me parece tan imposible. Tampoco renunciar a ser un ser excepcional (aspiración que me hastía). Pero aceptar ser una mujer de 30 años... Me miro en el espejo y parezco una adolescente. Muchas penas me serían ahorradas si aceptara la verdad».
Desde luego, sólo en este clima de bloqueo y melancolía es posible estudiar de forma pormenorizada títulos como La condesa sangrienta (1971) y El infierno musical (1971). En cierto modo, podemos insinuar un propósito testamentario, aunque ese fin también es propio de creadores que no conciben el suicidio entre sus planes. El caso es que, si bien permite que la imprenta reitere sus palabras, Alejandra no quiere perpetuarse y por eso elige morir a los 36 años en la madrugada del 25 de septiembre de 1972. Cincuenta pastillas de Seconal sódico le interesan como un símbolo de su decisión, y es que la muerte «es la mayor disonancia o, quizá, la armonía radical del silencio». En todo caso, según detalla Ana Nuño, la mitificación de su propio fallecimiento «ha acabado produciendo una especie de «relato de la pasión que la recubre con el velo de un Cristo femenino». Como sabemos abundan los retratos del poeta suicida y Alejandra ingresa en esa galería de espectros añadiendo una etiqueta más a su obra. ¿Alguien discute, a estas alturas, que el malditismo no sea un rótulo atractivo?.
Pero, al fin y al cabo, reconstruir una vida de esta naturaleza conlleva un acto de soberbia en el que los biógrafos se creen capaces de expresar sentimientos y formas delirantes, pero también es un acto de humildad, también es un deseo de perfeccionar literariamente lo que en el pasado se ve como imperfecto y quebradizo y, en mayor medida, tratándose de una persona de gran talento, enorme poetisa y dibujante que, poniéndose por completo en manos de la fusión vida-arte-creación haciendo de la triada una sola cosa, como tantos poetas llamados "malditos" nos dejó una herencia literaria muy a tener en cuenta y echar mano de ella no pocas veces en algún momento de nuestra existencia.

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