Flaubert, Gustave

Nacido en Ruan e hijo de médico, no tenía nada, ni siquiera a sí mismo. Enfermizo, autista con desórdenes nerviosos, con dificultades para aprender, incluso a leer, lo que no consiguió a duras penas hasta los 8 años, se ve condenado a vivir siempre con su familia. En una intentona de “normalidad” se matricula en Derecho desplazándose a París, pero ha de retornar más enfermo aún y, sólo, mirándose al espejo, comprendiendo mejor que nadie todo sentía, según sus propias palabras escaparse la indecible vanidad de la vida en un enigma indescifrable. Y, afortunadamente para la posteridad, se dedicó exclusivamente a escribir convirtiéndose para la historia de la literatura en uno de los mejores escritores no sólo de su tiempo y país, si no para siempre jamás para la literatura universal adquiriendo tal relevancia que sin él muchos de los más, como él, relevantes escritores universales, no hubieran tal vez encontrado el camino de sus propias y celebradísimas creaciones.
Jamás dijo ni escribió que Madame Bovary, primera y exitosa novela, la más leída, fuera él, como se repitió y repite hasta el hartazgo a partir de un chisme de tercera mano que se convirtió en lugar común, un mito de la crítica literaria francesa siendo muy al contrario tal aseveración pues repite y repite él “en mis personajes, siempre el otro soy yo”.
Kafka, por ejemplo, soñaba a menudo que se encontraba en una sala grande llena de gente y desde el podium leía en voz alta, íntegra y sin interrupciones La educación sentimental. Se imagina aferrado a ese enorme libro de amor, a un libro de todo encanto y de toda desilusión. En sus cartas y en sus diarios el nombre de Flaubert aparece con frecuencia y con pasión, referido especialmente hacia La educación sentimental, obra maestra de un escritor al que quizás amaba más que a ninguno, en el que descubría al mismo tiempo al fundador y culminador de aquella literatura moderna de la soledad y de la carencia a la que él mismo se sentía perteneciente; un padre pero también un hermano, a la vez huérfano y solo, hacia el cual no se experimenta el infantil y necesario impulso filial de la rebelión; Marcel Proust observaba que cualquier novela de Flauvert se puede, como fantaseaba Kafka, leer de un tirón porque en ellas cuenta también a la perfección lo que calla como tal vez él deseo conseguir hacer en su “En busca del tiempo perdido”, como Joyce y Mann constatan en sus escritos refiriéndose a su modelo de autor, haciéndolo habitualmente constar en sus entrevistas, artículos y memorias.
J.P.Sartre, el existencialista por antonomasia, le estudia, le sigue, le persigue y le dedica un estudio pormenorizado llamado “El idiota de la familia” en el que pone de relieve el gran descubrimiento del sentido de la existencia que para él tiene el autor. Pocos, o quizás nadie, habían logrado llegar al alma de un escritor, sumergirse en su mundo e interpretarlo a cabalidad, sobre todo desde el ángulo de la escritura, como llegó Sartre a Flaubert a través de su enorme y apasionante obra.
Prácticamente no existe premiado por el Nobel de Literatura que en su discurso de la Academia, no vuelva los ojos y cite a Flaubert, se puede decir que, de los vivos, no hay escritor que explícitamente no declare sea un autor que le marca y le marcó al que a menudo acuden.
Porque Flaubert es un maestro de ese encanto que no nace de aquello que acontece sino de la melodía de los acontecimientos, amargo burlón profeta de un futuro imbécil que veía nacer desde su presente y advertía la tendencia general de la civilización moderna a vaciarse de toda sustancia para reducirse -desde el arte hasta la ciencia o la política- a un falso formalismo, que degradaba el ideal humano en lo social e íntimo que califica como Individuo inexistente en la nada. Vibrante de vida y nostalgia, relata historias críticas sobre la sociedad, como si de una historia cualquiera se tratara, valiéndose con ello ser encausado y puesto delante del juez en varias ocasiones por ser denunciado como ciudadano "non grato" para la sociedad imperante burguesa, mediante sus corrosivos escritos velados.
Pero Flaubert se quedó en donde estaba, haciendo lo que hacía sin prestar atención y, sí, siempre vuelve con sus burlas incluso y, sobre todo, hacia sí mismo y su propio apasionamiento elocuente y romántico para regalar con su sentimiento la verdad en la distancia y salvarlo de la falsedad de la inmediatez .

¿Cómo pasar por alto, no recomendar y leer a este insuperable autor que con el paso del tiempo y a medida que abordamos un nuevo milenio va creciendo con mayor fuerza, actualidad y convicción?
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