Marsé, Juan

Un par de días después de la noche de reyes de 1933, a un taxista apellidado Faneca le entregan a su recién nacido hijo debiendo enterrar a la madre, su mujer, fallecida en el parto. A tal neonato se le llama Juan Faneca Roca.
Pasados algunos días, ajeno a cualquier tiempo de asueto por económica extrema precariedad, aquél taxista lleva en su coche a una joven pareja (los Marsé) que, a lo largo de la carrera, le comentan su gran pena por no poder engendrar hijos y el amargo alcance que tal probada certidumbre tiene para ellos siendo así que unas semanas después el tan premiado y gran novelista que hoy conocemos y, por qué no reconocerlo, no pocos estimamos en alto grado, es adoptado por la pareja, siendo desde entonces conocido como Juan Marsé (Carbó).

Para el autor, como afirmaba el inolvidable Vázquez Montalbán que aquí traeremos, "el padre biológico se convirtió en un mito fugitivo que algún día volvería y escasamente volvió en dos ocasiones, aunque en su retiro en un pequeño pueblo de Cataluña, el viejo Faneca comentaba con orgullo que era padre de un gran e importante escritor... El mito del padre aplazado se agranda, se ultima en "Un día volveré", pero subyace en sus novelas como sombra o cicatriz, adivinadas".
Fue un pésimo estudiante, pasaba casi todo el tiempo jugando en la calle descubriendo los escenarios que con el paso de los años configurarán su particular territorio literario y tal vez por eso y por las estrecheces económicas que sus padres adoptivos sufrían por razones políticas, a los trece años empieza a trabajar como aprendiz de joyero, oficio que desempeñará hasta 1959 comenzando a escribir con 22 su primera novela "Encerrados con un solo juguete" tratándose en lo sucesivo de un autor imprescindible, ejemplar y digno de tener en cuenta y seguir.
De este gran escritor* y persona (Tímido en extremo) al que no le gusta en absoluto hablar de sí mismo y menos aún de sus libros, cosa poco común en escritores, sabemos que es un hacedor de primorosas novelas (varias llevadas a la gran pantalla) donde no se nota la escritura, que se leen como a él le gusta, sin que pese el esfuerzo de la lectura hasta que al final uno piensa: ¡ah!, qué bien ha estado esto. Habla como escribe y escribe como habla. Y sucede que, a veces, se le cuela la voz de niño: una memoria que lleva el escritor a flor de piel y hablando o escribiendo lo hace de sí mismo, como si de un cuento más se tratara dentro de la realidad.

*(Autor perteneciente a la llamada Generación de los 50, concretamente de la denominada Escuela de Barcelona, de la que también formaron parte sus amigos Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, Juan García Hortelano, Manuel Vázquez Montalbán, Juan Goytisolo, Terenci Moix y Eduardo Mendoza).
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