Faulkner, William

Se puede confiar en las malas personas, no cambian jamás. (Sic.del autor)

En 1949 le otorgaron el Premio Nobel de Literatura; en 1955 recibió el premio Pulitzer por su novela "Una fábula", en vida fue de todo, incluso guionista en Hollywood; y después de su fallecimiento, ganó el National Book Award por sus Collected Stories.
Al leer y releer a William Faulkner, uno de los novelistas más importantes del siglo XX del que tanto se ha dicho y escrito y tantos tumbos dió, no queda otra que sospechar que su mirada era distinta a la del común de los mortales porque veía más allá de lo normal y comúnmente percibido por cualquiera y, aquella mirada, siempre aferrada a la realidad, veía en su propio mundo de verdades como puños, aferradas realidades extensivas al resto de los mundos y verdades ajenas universales situándose fuera y dentro de ellas.

Cuando empezó a escribir, sin firma de autor, pasó a ser publicado en revistillas de suscriptores de mínimo conocimiento y pago que mensualmente recibían escritos y cuentecitos que les entretuvieran durante el camino en trenes y autobuses de ida y vuelta hacia sus trabajos sin sospechar que ese hombre que anónimamente las escribía desde un rincón de Menphis, un maniánito sureño llamado William F. persistía en el intento escribiendo libros que sobrevolaban muy por encima, teniendo poco o nada que ver, de lo que ellos consideraban literatura.
Después, considerado un degenerado dentro del mundo de la literatura norteamericana, no buscaba dólares contentándose con ser, párrafo a párrafo, él mismo dentro de su genio o locura necesitando sólo, en tal empeño, un lugar apartado, cigarrillos, whisky, noche y soledad, condiciones encontradas en un granero derruido entre cagadas de gallina y suciedad por doquier en donde escribía sin descanso hasta que, según dicen, le debían ir a recoger en estado de extrema ebriedad.
Nadie sabrá nunca si el mencionado granero contenía un paraíso o un infierno para el amo y propietario de Yoknapatawpha. Ambas cosas es de suponer pués todos los vicios ofrecen o imponen tales extremos cuando uno está hundido en un amor, sin remisión.
Se ha escrito y dicho mucyo sobre ese hombre considerado uno de los creadores modernistas más importantes de las letras, a la altura de Marcel Proust, Franz Kafka y James Joyce, pero en los intentos, siempre fallidos, de descubrir en el autor a la persona, se deberá tener en cuenta, quizás en primer lugar por tratarse de certidumbres objetivamente probables, su enfermiza timidez, su menguada estatura física, su repugnancia y desdén hacia las reuniones sociales así como su firme propósito de que nada ni nadie, antes o después de su muerte, supiera algo sobre su vida personal o circunstancias vitales.
Tal voluntad y misterio fue mantenido por sus deudos hasta el punto que nadie conoce verdaderamente ni siquiera la causa de su muerte.
Se dijo que se cayó por la escalera del granero escondite desde el que escribía y que el bourbon y los fantasmas que galopaban en su mente hicieron lo demás certificando el médico familiar muerte por fallo del corazón y, en verdad, del corazón en cualquier caso se trataba o hubiera tratado, ordenando la prohibición de entrada a cualquier tipo de periodista o merodeador que osara acercarse al lugar en el nadie jamás dejó penetrar.
Según parece, secretamente, el velatorio se llevó a cabo en privado ante el ataúd cerrado e inmediatamente enterrado bajo un seco olmo en el que solo a posteriori se puso nombre y fecha del autor aunque, como era natural e irremediable, al día siguiente de su muerte, todas las agencias norteamericanas informaron a bombo y platillo la ocasión, desoladas. Al fin y al cabo –aunque los redactores no lo hubieran leído nunca – se trataba de un Premio Nobel nacional.
Para este hombre genial de estirpe extraña, del que se consideran hijos gran parte de los literatos contemporáneos hasta la actualidad, los elogios, las interpretaciones críticas, o no, de haberlas podido leer, habrían resbalado sobre su genio como una lluvia molesta que nos coge desprevenidos y nos hace correr hacia un rincón en el que esperar en soledad, a que escampe, y escapar.

-> El autor en Wikipedia
-> Una entrevista sin desperdicio
-> Anécdotas sobre W.F. aquí, aquí y aquí
-> Descargar libros del autor desde aquí

Comentarios