Amis, Martin

"La ficción es un fino zapato de tacón; la vida, un pie lleno de heridas e imperfecciones" (Sic del autor)

Pues sí, es el novelista en la actualidad más discutido en el Reino Unido en gran parte, es de sospechar, porque lo que escribe está muy lejos de ser ni político ni socialmente correcto en una sociedad practicante hasta la saciedad de no hablar jamás de lo que no conviene, no conviniendo aquello que especial y generalmente se practica. No obstante, como era de esperar, tanto en sus relatos cortos, ensayos y novelas, su estilo y temática son altamente imitados por las nuevas generaciones de escritores que muy en su línea se aglutinan.
Durante toda su vida privada y pública literaria, el nombre de Martin Amis ha sido sinónimo de polémica. Es difícil encontrar otro escritor cuya vida privada, desde el dinero gastado en cirugía dental al descubrimiento tardío de una hija adolescente, haya ocupado tantas y tantas páginas de tabloides. Pero, por si fuera poco, últimamente algo más ha cambiado en él ya que, de un tiempo a esta parte, las polémicas que adornan su biografía se han alejado abiertamente de la esfera privada para chocar de lleno con la esfera pública, con la política. Así ha dejado de ser el satirista brillante y enfant terrible de la literatura anglosajona para convertirse de lleno en un airado polemista social, cuyos libros y artículos en prensa pasan de inmediato a formar parte del debate público y son además escrutados con lupa por los distintos sectores de la intelligentsia británica.

A sus actuales 63 años detesta envejecer como detesta el dolor y el declive físico-intelectual que el paso de los años naturalmente produce, no solo el suyo en particular, razón por la que no cesa de escribir y declarar a los cuatro vientos la necesidad imperiosa de la práctica voluntaria de la eutanasia e, incluso, el hecho de que a partir de cierta edad las personas habrían de vivir en un ámbito aparte del común de los mortales en el que unos y otros se sentirían más cómodos y, de forma natural, cada cual más en su lugar evitando así, dice, la hipócrita marginación a la que los ancianos son solapadamente sometidos, la humillación constante con la que son tratados y la gran tristeza que sufren al constatar que para nada sirven suponiendo una carga familiar, tratando de disimular o negar los dolores y sufrimientos que las propias reglas del juego de la vida les impone en su declive, hasta el final.
Tampoco deja títere con cabeza cuando sus reflexiones se ponen en marcha si de la democracia se trata, aduciendo la necesidad del juego sucio, el terrorismo y la revolución armada como medicina para paliar el peligro de perder la libertad.
Y qué decir si se trata de hablar de las supuestas sociedades multiculturales occidentales a las que considera, no solo un grave error, si no que carga y analiza racionalmente los resultados hasta la fecha obtenidos en tan erróneo planteamiento y admisión, poniendo sobre la mesa con cifras y fenómenos político-sociales el gran fracaso que ha supuesto y siempre supondrá intentar conseguir que alguien cambie de cultura, comportamientos, obligaciones, derechos y voluntad en pagos de impuestos con solo desplazarse en un avión, tren o barco a un mundo en el que todo les es regalado, todo permitido y respetado, hasta los más abyectos usos, costumbres y descalabros por los que a cualquier lugareño vital y legalmente se castigaría, tal como lo hacen en sus lugares de origen que, por tales, han evidenciado a lo largo de los siglos y la historia del mundo ser submundos incapaces de evolucionar o racionalizar, encontrándose en las más deshumanizadas e irracionales forma de ver, interpretar y estar en el mundo en su totalidad, no llevando a donde acuden más que lo que son, imponen y, saben, respetarán e, incluso, de lo contrario podrán denunciar ganando así la partida de “Money and rights for nothing” gracias a una sociedad de “imbéciles” que en nombre de una civilización elaborada a lo largo de los siglos permita se acabe con ella en nada, por nada, parafraseando así al gran filósofo comunista Sartori que hace muchos años, como si de un vidente se tratara, escribió y dijo hasta la saciedad, cuando el fenómeno multicultural apuntaba maneras “de seguir así, Occidente morirá por sus buenas intenciones”.
Licenciado en Literatura Inglesa el que tales ideas sostiene, en el Exeter College de la Universidad de Oxford, comenzó a trabajar como ayudante de redacción en el suplemento literario del Times, y después como editor literario de The New Statesman. Publicó por primera vez en 1973, ya con gran éxito. Ha trabajado también como guionista, y varias de sus novelas han sido adaptadas para televisión. Es profesor de Escritura Creativa en la Universidad de Manchester y colabora en diversas publicaciones como Times, Sunday Times y The Observer y acude a España a menudo, teniendo con el país extraordinaria relación, a visitar a sus amigos así como a sus dos hermanos que en España viven, como vivió él parte de su infancia y juventud, con su madre, después del divorcio de sus progenitores y en la actualidad reside en una casa grande aunque no ostentosa, en el norte de Londres que comparte con su esposa, la escritora Isabel Fonseca, y sus hijas Fernanda y Clio. Su padre, el también reconocido escritor Kingsley Amis tuvo una casa en la misma calle -compartida en el alcohólico final de su vida con su primera esposa (la madre de Amis) y el tercer marido de ésta, por lo que se puede asegurar que los padres del autor se guardaron hasta el final infinita lealtad.

Y ahí está este sesentón librando su propia batalla mientras envejece viviendo en familia, como si de un burgués cualquiera se tratara, mientras sus publicaciones, declaraciones y comportamientos tienen a sus convecinos revueltos por abrir la caja de los truenos de lo que se hace, se piensa y no se puede decir y él dice y que si el tiempo no lo remedia le quedará aún mucha más tela que cortar.

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