Roth, Philips

En esta ocasión nos encontramos ante un autor implícito que lo mismo aparece como humorista irónico que lleva a cabo meditaciones sobre la identidad, cual analista posmoderno, o realiza exploraciones sociológicas, guardando ese delicado y raro equilibrio entre la recepción popular y la aclamación de la crítica.
Si el objeto de la literatura es alterar la conciencia, producir variaciones en la visión de la realidad y poner en duda las convicciones morales, el lenguaje habrá de ser complejo y expansivo; el estilo, penetrante y reflexivo, y el destino de los personajes se enredará con las fuerzas sociales que modelan la vida cotidiana.
Entonces, surgirán héroes (o antihéroes) aplastados por el espíritu de los tiempos y desgarrados por la dicotomía deber/deseo; alter egos que se llaman como el autor y vuelven su vida del revés para que podamos contemplarla y juzgarla; narradores que filtran los eventos biográficos y crean una existencia medio imaginaria a partir del drama real de la vida, pues el novelista debe ser, ante todo, un «personificador». Las historias veteadas con los asuntos vitales, a un tiempo nuestras invenciones y las invenciones de nosotros mismos, señalan el vínculo entre el individuo y su momento histórico, la relación entre lo privado y lo público como Roth lo hace a la perfección y todo ello en manos de un escritor que considera a William Faulkner y a Saul Bellow como las piedras angulares de la literatura norteamericana del siglo XX.
Un intérprete magistral del deseo y la obsesión erótica, aunque en ocasiones haya sido etiquetado de misógino. Un observador sagaz del entramado sociopolítico que, con mirada cínica y grandes dosis de ingenio -«Seriedad Absoluta y Guasa Total son mis amigos más íntimos»- le colocan en la cima entre los más notables narradores y que en gran medida convenga asociarlo con los novelistas de costumbres que cultivan el realismo moral, como Henry James, por ejemplo, con el que comparte la concepción artística y a cuyo modelo literario se refiere en repetidas coyunturas de intertextualidad.
Y es que la literatura no sólo ha de tratar de cuestiones morales, sino que tiene como objeto elevar la conciencia del lector, mediante una exploración realista de la condición humana, a través de unos personajes que descienden al absurdo de la experiencia desde la fantasía, la metáfora o la vida misma como el propio Philips Roth hace de ello un arte.

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