Soler, Jordi

Sin duda ha causado sensación, a lo grande, lo que J.S. ha escrito. Por su otra forma de ver los temas que trata, por su otra forma de vivirlo y escribirlo. Y, tal vez por eso, el éxito internacional de sus libros ha sido uno de los más celebrados en el mundo editorial de finales del siglo XX y el XXI convirtiéndose su trilogía en novelas de culto.
Soler (Veracruz, México, 1964) cuenta la historia extraordinaria de su abuelo, un republicano catalán que se exilió en 1939, que estuvo más de un año en el campo de concentración de la playa de Argelès, que logró llegar a México en donde, tras múltiples dificultades, fundó en la selva una pequeña colonia, La Portuguesa, y que preparó un atentado contra Franco que fracasó, estallándole una bomba que le dejó lisiado. Después, lejano y desamparado, tratando de volver a empezar, en México escribió unas memorias de 120 páginas mecanografiadas, dedicadas a su hija, la madre de Jordi Soler, pero fue a este nieto a quien finalmente se las entregó. Él vive ahora en Barcelona.
Esas páginas se las dió a él y no a otro porque era él el que más preguntaba sobre España y, cómo no, sobre la guerra que obligó al exilio. Pero cuando Jordi añadió algunos de sus fragmentos en algunas publicaciones de el EPS su abuelo, no solo se enfadó, si no que le retiró el saludo.
¿Se reconciliaron? Sí.
Una vez viviendo en España, después de pasar por Irlanda, J.Soler volvió a México con un hijo nacido ya en el país y, cuenta, cumplió el sueño largamente acariciado de hablar con su propio abuelo y su propio hijo en catalán, los tres, y aunque aún no había publicado las novelas, aquél anciano tozudo que en otro tiempo le retirara el saludo, le dijo: “escribe lo que quieras, ya pasó, y me has llenado de felicidad haciéndome reencontrar con mi perdido origen. – Creo que fue su último gesto de generosidad y perdón – dice él. Cuando se publicaron las novelas de Soler, la muerte se había ya llevado a su mentor y, aunque temía la reacción de su madre, lo que leyó la gustó.
En Madrid conoció a varios hombres que en la contienda civil, como su abuelo, perdieron un brazo, los ojos, una pierna, o las dos, “metáfora del país que a todos nosotros nos faltó”, recuerda mientras. melancólicamente, a modo de confidencia, cuenta cómo aquellos catalanes que hubieron de huir al otro lado del charco ya no hablaban catalán, ni castellano, ni lenguas indígenas, si no una mezcla de todas ellas que solo ellos entendían y que, a medida que se hacían viejos, se hacían más de derechas y católicos, como santones en la selva en broncas contínuas. “Creo que la guerra partió la vida tanto de los que se fueron como a los que se quedaron y tal vez él hubiera tenido que morir en la guerra para cumplir su destino”, dice.

Poseer un mundo propio, un universo narrativo, es una rara suerte y una verdadera conquista para todo escritor y Jordi soler lo tiene. Tras los celebrados Los rojos de ultramar y La última hora del último día y la Fiesta del oso, éste último no disponible en la red, en los que el autor afronta un asunto que en sus manos, con su musicalidad, su tempo narrativo envolvente a partir de un hecho real, histórico por tanto al tratar el asunto que trata, se vuelve poderoso, deslumbrante y universal.

Por tanto estos dos libritos y así como sus acotaciones sobre la idea del Marxismo y lo que ella influyó en la izquierda española-europea ha situado a Soler en la nómina de autores vitales de la guerra civil española mirada desde otro prisma, con otro corazón y otro sentimiento que hacía falta conocer para no convertirse el posible lector, sea del bando que fuere o por las razones que se tratara, en huérfano exiliado de su páis o de sí mismo, como su familia lo fue aún en la tercera generación.
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